I am only a fool
who buys many books

lunes, 15 de octubre de 2012

¿No son este mismo paisaje, todos estos elementos que lo componen a la vista, familiares y conocidos?

Cuántas veces habré recorrido esta senda, tantas como para que mi memoria camine más aprisa que el camino mismo, y se adelante de lejos a su abrupto final de barro y espinas. Estos mismos pasos ya los dí, si no con ánimo más firme con corazón más dispuesto y alegre, como tierna res que pisa por primera vez el cobertizo de su carnicero, como inconsciente Ulises que se hace al mar azul profundo en misterios. Pero mis ojos ya prevén el final, tristes, cansados; solo dolor espera al término de los paseos del corazón. No hay esperanza en llegar a prado fresco donde crezcan colores a la sombra del olivo y el castaño, y aún así siempre aparece loca, dispuesta para esos ojos verdes que no dejan de ver los míos. Podrán mirarse, perderse cuanto quieran en sus anhelos, y podré sentir en la distancia y las frías mañanas de ensueño su roce de espejismo, sus visos como de amanecer empapado por la lluvia, como fina orilla tendida al pie de la laguna verdiazul.

Porque tu piel es de caricias soñadas y tu pelo es de noche cargada de deseos como estrellas, que huirán espantadas al nacer de la mañana; y ese será el fin de este camino de ideales y ensueños, siempre en soledad, siempre transformado en realidad impávida y marchita, de sombra y ceniza.

martes, 9 de octubre de 2012

Pensamiento de Noche, Pensamiento de Día

Qué culpa tiene la carne de las deudas del corazón, que se quejan siempre insatisfechas, dolorosas, de este mundo de olvido y arrepentimiento. La mentira es faro engañoso de nuestras tormentas, aquí a sus pies se quiebran nuestras naves entre espinas de rosa y roca, y ya solo nos queda una eternidad de naufragio y amaneceres de melancolía, en esta playa de arenas infinitas donde las estrellas ríen titilantes, traviesas e ingeniosas; la madre Luna rechoncha que trata de consolarnos con su luz de medianoche, y se vuelve Llena de tristeza al ver nuestra entraña y sus despojos.

Lenta historia que pierde palabras como el alma pierde sus pétalos uno a uno, enferma de pulgones, camina la vida por las calles de sombra y rostros de luz, y por entre muros antiguos, patios de silencio donde el viento balancea tierno las palmeras, como un amante los cabellos de la Tierra dormida. ¡Qué andar solitario, a pesar de ser multitud! Serán tus ojos negros que me atormentan el sueño ¿Será posible que no desaparezcan en la noche? Y ese perfume tuyo que sigue reptando desde su madriguera de recuerdo, que me encuentra en cualquier lugar del mundo, en toda orilla que bañe el oleaje verdoso, salado como tu piel que ahoga mis pulmones, me arrastra a la profundidad oscura, lejana a cualquier auxilio o esperanza. Maldita seas.

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Qué feliz el canto del ave que libera al alma de su cárcel de penumbras, cómo cabe en él y se agranda el mar de Verano tendido al Sol del mediodía, majestado de espumas y resplandores danzantes. Qué luz es esta que inunda la vida, que ciega como el brillo a través de la hoja verde, de la rama, de la arboleda entera; que hace brotar el rojo del seno de la tierra y de los tuyos de aleña; que reencarna su esplendor en el azul del cielo, el verde de tus ojos, en la oscura, oscura flor de tus cabellos.

Nada más, nada menos, tan solo esto. Es luz, es canto, es la Primavera del corazón que se cubre de bayas reverdecidas, de los frutos que la generosidad derrama en el mundo. Es rocío y arroyo claro de esperanza, es deshielo y fuego cósmico sincero, no llama engañosa que alumbra el mundo dormido. Risa como música que no ha de parar, palabras que son canciones, Día que es luz y padre de la alegría renacida; bienvenido al mundo.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Ay, mi Al Ándalus

Qué lejos se halla del paraíso, ay, mi Al Ándalus. Corazón de hermosuras marchitas, tierra de ruinas, fragancia esquilmada, tan solo rica en recuerdos e historias. Sus amaneceres no alegran las piedras del castillo, desperdigadas en la colina, que alarga su penumbra sobre el pueblo miserable y deprimido, aplastado por el Sol inclemente, carcomido de ignorancia. ¿Quién vivió allí, en el antiguo palacio, en la colina? Nadie lo sabe, todo esta olvidado por casi todos. Qué lejos quedan los días de tu poder, ay, mi Al Ándalus, agotada como una naranja sin jugo. Esa morena, esos labios cuyo color tomaron las noches, se prostituyen en el arcén de una carretera. El viento ya no sopla desde esta tierra, su costa amurallada de hormigón retiene el aire, lo pudre y lo deja caer en forma de neblina sobre el Gran Río domado, prisionero de una presa en Sevilla. Ya no te añora Ibn Jafaya, ya no te suspira Boabdil entre montañas, ya quedaron extintos los reyes del pasado y sus linajes, de un mundo que no existe, vuestros tronos los ocupan mentirosos, saqueadores, profanos de las leyes de Dios y de los hombres. 

¿Fuiste cierta alguna vez, Al Ándalus, creciste en el mundo de la materia, donde todo se corrompe y nada es nunca perfecto? Quizás solo has sido un sueño de belleza, tallado en la caligrafía de los muros, en los cuentos de príncipes poetas y de hazañas y aventureros; imagen borrosa de un antiguo cristal, siempre gloriosa, siempre bella, porque existes en el mundo de los anhelos.



Letra original de "Ay, de mi Al Ándalus", de Ibn Jafaya:


¡Qué lejos me hallo del paraíso,
De mi Al Ándalus!
Al Ándalus sede de cuánta hermosura;
Lagar de la fragancia toda,
El esplendor de sus amaneceres
Es de alegre semblante,
Y de labios de una morena
Tomaron el color sus noches.
Siempre que el viento sopla desde mi tierra,
Grito con añoranza: ¡Ay, de mi Al Ándalus


lunes, 17 de septiembre de 2012

Historia que un hombre contó a su hijo


Y fue en aquel momento, cuando pensábamos haber alcanzado el estado más alto y glorioso, cuando nuestras ciudades cubrían toda la superficie del mundo y nuestras máquinas viajaban por el cielo, por el mar profundo, por entre las rocas e incluso a otras Tierras lejanas y sin vida; en ese momento en que personas que jamás se habían visto, y que nunca lo harían por vivir en esquinas distintas del planeta, podían hablar igual que yo te hablo a ti ahora, con mi boca a tres palmos de tus oídos; cuando la naturaleza, domada, nos servía como un Dios caído convertido en esclavo de su creación, y en sus espaldas humilladas se paseaba, inmensamente ingenua, inmensamente soberbia, la humanidad entera; en ese momento, te digo, lo perdimos todo. Sin darnos cuenta, sin que hubiese señales que lo anunciasen; o quizás las hubo, pero permanecimos ciegos a ellas, desapareció de nuestro interior algo que habíamos atesorado durante miles de años, algo que, sin saberlo, había sido nuestra posesión más valiosa, nuestra unión con el resto de seres que componen el Universo, como las hebras de un inmenso tapiz que Dios va tejiendo y remendando con esmero siguiendo un patrón de belleza incognoscible. Un día despertamos convertidos en seres aislados, incapaces de interactuar con nuestro entorno si no era a través de máquinas. Vivíamos en burbujas, completamente abstraídos de la realidad por los estímulos más bajos y baratos, como animales de granja que engordan atados a un poste, sin poder siquiera dar un paso en la existencia que se nos había otorgado, sin zambullirnos en el mar de nuestras conciencias; delegamos todo esfuerzo filosófico o de conocimiento en el método científico. Todo sentimiento fue desechado, toda compasión y humanidad fueron arrojadas a la inexistencia, como aquello que no pertenecía al mundo de lo material y que por tanto no era susceptible de ser consumido ni catalogado. A esto le llamaríamos más tarde La Era de la Inmensa Soledad, porque cada hombre y mujer era una isla de egoísmo y sentimientos mutilados, pero en aquel entonces se le llamó Modernidad. Y en esa era los humanos intentaron llenar el vacío en sus corazones con objetos y tecnología, y creyeron ser felices, a pesar de que habían olvidado el significado de esta palabra.

Luego llegó el invierno del letargo, el estancamiento, en el que cenizas y residuos cubrieron el Sol relegándonos a un cielo de hormigón y eternas nubes grises. La Tierra quedó exhausta, el mar se volvió de plástico. Y, aunque el día del fin ya había quedado fijado, los necios y mezquinos que nos gobernaban aún se las arreglaron para hacernos creer que todo iba bien, que la maquinaria de la cual solo éramos engranajes sin alma funcionaría para siempre. Ciegos, ofuscados por la droga que llamábamos ocio, caminamos directos hacia nuestra perdición. Nuestros países se enconaron en guerras fútiles en cuyo fuego se sacrificó lo que nos quedaba de moral, nuestros Estados, invento estéril de control del individuo, se estrangularon unos a otros y a las sociedades que gobernaban y, engañados por lo que entonces se llamaba Nacionalismo, ideología del egoísmo y la estulticia más inhumanas, las buenas gentes que aún quedaban en esta tierra de demonios fueron despedazadas, amputadas, segadas en ráfagas de fuego que hombres indignos controlaban a miles de kilómetros de distancia, desde la seguridad de sus fortalezas subterráneas, hasta que incluso ellos quedaron sepultados, y las siluetas de altas torres, recortadas en el fulgor escarlata del apocalipsis atómico, fueron la última visión de los millones que perecieron en nuestras ciudades. En un día, con su compañera noche, la creación del hombre se resquebrajó, toda su herencia de cemento pereció, y el Sol amaneció en un mundo de paz sepulcral.

Bajo el brillo de ese Sol pálido la Tierra se encontró a sí misma purgada, porque la construcción trae consigo destrucción, y la destrucción trae renacimiento. En ese día, que desde entonces contamos como el primero de esta nueva Era, los supervivientes de la catástrofe vieron que en el campo se abrían nuevas flores de esperanza, y que de entre los tocones calcinados comenzaban a crecer brotes jóvenes que vivirían para verse milenarios. El cielo se abrió disipado de nubes venenosas, y el salitre de los océanos continuó su labor corruptora y desguazó barcos, oleoductos, puertos, y toda esa marea de basuras que era el patrimonio más duradero de la civilización industrial. Del vacío más allá de los cielos llovieron nuestros artificios flotantes, desterrados de aquel mar de agua oscura e islas de fuego que es territorio de la mente y el espíritu, no de la materia y las cosas que viven. Los animales resurgieron de sus escondites, y pacieron la hierba, y cazaron y se multiplicaron en perfecto equilibrio, como habían hecho durante millones de años, y aún habrían de hacer durante millones más, pues ésa  es la voluntad y la belleza de la vida, que transcurre en equilibrio y es eterna. También los humanos, que durante mucho tiempo vivimos en ese equilibrio, retornamos a él desengañados de la ilusión del progreso desenfrenado, que consume el mundo y le impide renovarse. Reconstruimos nuestras casas con humildad, sin soberbia; aceptamos que el hombre es solo una estrella en la constelación de la vida, que somos una gota en un mar tranquilo que se extiende hasta los albores de la eternidad. Aceptamos que el conocimiento se va desvelando como las siete puertas que se abren, una tras otra, hasta revelar el jardín secreto donde crece una planta llamada respuesta, que solo florece regada por la paciencia y a la luz de la meditación tranquila y la intuición sosegada. No existen atajos, no existen caminos alternativos. La ciencia de los tiempos anteriores al Cataclismo sacaba un ser del río, lo diseccionaba y catalogaba sus partes, su parentesco y sus diferencias con otros seres, y decía que aquella criatura destruida era un pez. Pero solo el pez sabe lo que es ser un pez; solo el que es uno con todo lo que existe puede conocer la respuesta al enigma que trae consigo existir.

Ahora vivimos en pequeñas aldeas, cultivamos y ganadeamos nuestro alimento, almacenamos cuanto no utilizamos para épocas de carestía, o lo intercambiamos con los habitantes de otros pueblos. Rehuimos el dinero, pues lo sabemos absurdo, y no hay un estado que nos gobierne, porque conocemos los desmanes y la esclavitud que trae consigo. Nuestro número no sobrepasa un cierto límite, porque la superpoblación provoca la muerte del entorno, y no hay guerras por cuestiones de identidad u orgullos colectivos, porque sabemos que el Ser humano es un todo en el que no existen fronteras.

Esta historia la contó un hombre a su hijo, y le indicó que debía contarla siempre como si la hubiese vivido, así  no se vería desgastada su importancia por el paso del tiempo. Su hijo la relató a otros hombres, y esos hombres a otros muchos, y después de tantos siglos seguimos contando esta historia como si hubiese sucedido ayer, porque así conservamos su terror y su verdad intactos, y recordamos adónde conducen los caminos de la avaricia y el desenfreno. Así te lo cuento a tí, esta noche en que abandono la apariencia de humano y retorno a la fuente de la vida, a tí que eres la rama de mi tronco, la chispa de mi llama, mi hijo amado, que tendrá otros hijos y ellos otros, perpetuando nuestra especie, siempre en equilibrio y mesura, hasta que caiga el velo de la oscuridad sobre este mundo. Pero ni siquiera en ese momento terminará la vida, porque este Universo que habitamos es inmenso, y se expande a lo ancho y lo profundo, y no es la nuestra la única forma en que se manifiesta la existencia. 

Vive feliz, vive sin miedo ni ansiedad, y algún día te reunirás conmigo.



viernes, 10 de agosto de 2012

El Laberinto

Cuando un día desperté ya me encontraba dentro del laberinto. Recordaba haber destapado, la noche anterior, las mantas de mi cama, de tela suave y confortable; haber leído un libro, cuyo título y contenido he olvidado,y haber apagado la luz al cansarme la lectura, apoyar la cabeza en una tierna almohada de sueños.

Cuando desperté en el suelo del laberinto creí haberme quedado ciego. Recuerdo haber puesto las manos justo delante de mi nariz, y aún así ser incapaz de vislumbrar la más mínima señal de ellas. Busqué un muro en el que apoyarme, y tanteando avancé en la penumbra. Al notar la humedad en la pared y los pedazos de pintura y escayola desprendidos, los goterones que se deslizaban hacia el suelo infinito, supe que no me encontraba en mi casa. Seguí andando, y mientras tanto mi mente conjeturaba sobre quién había podido traerme allí, me preguntaba con especial ansiedad si la ceguera sería temporal o irreversible, si habría sucedido algún desastre en mi casa o si, y esta idea caló profundamente en mi razón, seguía dormido en mi cama, y todo aquel escenario angustioso no era más que una vívida pesadilla.



Pasé un buen rato andando en la oscuridad, mi pensamiento rebotando de una teoría a otra, barajando motivos y causas, trastabillando al borde del colapso, cuando apareció a lo lejos un tenue resplandor, el reflejo negruzco de una llama,  una esquina que doblaba el pasillo ¡No estaba ciego, sencillamente no había una sola luz en todo el lugar! Recuerdo que empecé a correr hacia aquella luz que me había devuelto la esperanza, que era como una gota de cordura en un mar de sinrazón. Doblé la esquina, de la pared colgaba una antorcha, solo una. Una burbuja de luz iluminando las paredes desconchadas. Tomé la antorcha en la mano. La acerqué al suelo, que estaba adornado con azulejos de colores desgastados, muchos de ellos rotos. Alcé el brazo, pero el techo permanecía ensombrecido. Debía ser muy alto. El pasillo por el que había llegado se dividía en otros tres, todos ellos iguales. Decidí seguir avanzando por el de la derecha, el más cercano a la antorcha, por razones supersticiosas: si la antorcha estaba cerca de aquel pasillo debía significar que era el camino a la salida. Ahora sé lo inútiles que eran tales creencias, el laberinto no se rige por ellas, ni tampoco por las leyes de la lógica o la razón. El laberinto tiene un propósito bien claro, y solo se doblega ante la sinceridad absoluta.

No sé por cuánto tiempo anduve buscando la salida de aquel túnel. Ni siquiera ahora sé cuánto llevo vagando por estos pasillos que se dividen y bifurcan y conducen a salones vacíos. Podrían haber sido años, o siglos. El tiempo no existe aquí, en cualquier momento podría despertar en mi cama, en aquella noche tan lejana, y descubrir que apenas he consumido un segundo de mi vida deambulando por el laberinto. Recuerdo que seguí avanzando por el pasillo, doblando muchas esquinas, siempre hacia la derecha. La antorcha estaba a punto de consumirse, y yo ya temía que tendría que volver a andar a tientas como un ciego, cuando llegué a una sala circular de la que partían nueve pasadizos, contando aquel por el que yo había llegado. No había ni un adorno sobre los ladrillos de las paredes, que se curvaban formando una bóveda cuyo cenit quedaba fuera de la vista. Tan solo una nueva antorcha que colgaba del muro, esperándome, lista para que la utilizase. Desde entonces encuentro antorchas de cuando en cuando, en los lugares más inesperados, aunque también paso mucho tiempo en una oscuridad absoluta. Las antorchas no llegan a intervalos regulares, su calor no se encuentra en los momentos en los que más se necesita. Sencillamente aparecen, en un lugar y un momento cualquiera, que no tienen nada de especial. Yo acostumbro los ojos a su fulgor, las aferro en mi mano, sigo andando y doy gracias por encontrar una antorcha, y maldigo con amargura el no tenerlas cuando más deseo la luz, sino cuando la casualidad lo dispone. 


En todo el tiempo que llevo perdido apenas he parado de andar. Cuando el cansancio me vence me dejo caer y duermo, cuando despierto continúo andando. No he encontrado nada de comida o bebida en el laberinto desde que llegué, pero tampoco siento sed ni hambre. En algunos pasadizos he visto ventanas, pequeñas oberturas por las que entra una brisa fresca, a través de las cuales solo se vislumbra una oscuridad inmensa. También he llegado a salas en cuyo centro hay pozos que se pierden en lo profundo. He estado tentado varias veces de arrojarme por uno de esos pozos, aunque temo a la oscuridad y al vacío. 

Un día, que no era tal pero debe recibir algún nombre, llegué a una sala en la que confluían una infinidad de pasillos. Portaba una antorcha, y oí como algo se escurría por el suelo. En el centro de la sala había un altar de pórfido rojo, rectangular, encaramado sobre un pilar. Escuché de nuevo ruidos detrás del altar, lo rodeé corriendo y entonces encontré a otra persona. Era una mujer, que parecía igual de sorprendida por haberme encontrado a mí. El pelo negro le caía sobre los hombros, despeinado, sucio, y me hizo preguntarme si yo tendría un aspecto tan desastrado como el suyo, y si le resultaría bello a pesar de todo, como a mi me parecían bellas las marañas de su pelo, sus ojos asustados, sus manos polvorientas. Ninguno dijimos ni una palabra, yo me arrodillé a su lado y le acaricié la mejilla, llenando mi mano de un calor dulce y tierno. Me miraba a los ojos, tocó mis manos, mi barba, como comprobando que yo no era una ilusión maléfica del laberinto, dispuesta para enloquecer su mente. Nos acariciamos, y nos dejamos llevar por el ardor de nuestras presencias, dejamos que nuestros labios rubricaran nuestra humanidad en aquel túnel de fría oscuridad. La tomé de los brazos y la levanté del suelo, dispuesto a tumbarla sobre el altar de pórfido,que se había cubierto de sábanas de seda roja. La sala y los pasillos a nuestro alrededor se iluminaron con mil teas encendidas, y en el aire comenzó a flotar un aroma de incienso. Pero ella no pudo resistirlo. Me apartó y salió corriendo. Todas las luces empezaron a apagarse a su paso, dispersando en el aire volutas de humo gris, y el perfume y la seda se esfumaron en la sombra. Yo corrí tras ella, pero fui incapaz de alcanzarla.

Y ahora dejo marcas en las paredes para que ella las lea, para que sepa que la busco, para que pueda encontrarme. La busco en cada recoveco, investigo grietas y túneles, siempre tras su pista, tras el cálido amor que palpita en su pecho. Porque ella es mi salida, porque yo soy la suya, porque juntos somos la luz que disipa la sombra del laberinto, porque nuestra unión es su centro, en el cual nace el camino a casa. Ése es el propósito, ésa es la respuesta al enigma, a toda esta maraña de roca y piedra que nosotros mismos hemos creado en nuestros corazones confusos y solitarios. El laberinto no es algo exterior a nosotros, cargamos con él a cada paso que damos. Pero en la entrega está nuestra liberación.

jueves, 2 de agosto de 2012

Paseo Nocturno

Mientras ando de noche, por las calles vacías, la ciudad comienza a transpirar un aire de magia, como un olor penetrante o un sabor ácido, que embriaga la razón y los sentidos. Se podría decir que la noche arropa los callejones con una sábana de misteriosa belleza, que hace surgir casas donde antes no las había, que inventa una historia para cada ventana alumbrada, donde antes solo había un cristal de polvo oscuro sin nada interesante que decir.


Por la noche la ciudad despierta, las luces, la vida y los sonidos se muestran en todo su esplendor, en todo su silencio. Los sueños de los durmientes deambulan a sus anchas por entre las viejas iglesias, y se disputan los campanarios con los fantasmas del pasado, con Don Juan y Doña Inés, y Al- Mutamid, y San Isidoro, y Bécquer y Valdés, y una miríada de espadachines y prostitutas y borrachos, caballeros e hidalgos y damas nobles, todos paseando alrededor de fuentes de piedra, descansando sus piernas etéreas en las raíces de los magnolios, a la luz de la Luna que alumbra la ciudad como un Sol de medianoche, como un mundo de plata y profundos mares de mercurio, negros y abismales. La noche llena las calles de historias e imágenes bellas.

Tras los balcones y las celosías unos enamorados arden bajo sábanas blancas, ella gime con los labios entreabiertos, apretados contra la almohada, y él le muerde la oreja. En la ventana de al lado alguien está muriendo, desde otra llegan las voces de una televisión, y la silueta de una anciana sentada en una butaca se proyecta sobre el cristal. En los portales de las iglesias duermen los mendigos, y unos amigos salen de un bar que fingía estar cerrado, volcando contenedores y alborotando con sus risas, estridentes y alegres. En algún lugar se está cometiendo un asesinato, u otro acto terrible de miseria humana; dos locos que pelean, y empapan los adoquines con su sangre. Las historias brotan de entre las piedras, se aferran a los muros y las verjas de los patios como plantas enredaderas.

Al amanecer las historias se secan, los fantasmas vuelven a sus tumbas, los durmientes se despiertan, y la ciudad regresa a sus ocupaciones diarias casi sin recordar lo sucedido la noche anterior. Los protagonistas de estas historias se funden en la marea de gente que va y viene entre comercios y cafés, sus almas confluyen en el gran espíritu de la ciudad, que respira y anima el aire sobre los tejados, y hace latir con vida y sentido cada jardín, cada casa. Como una mente colmena, un mar de recuerdos y experiencias con voluntad propia, la Ciudad es consciente de cuanto pasa en ella.

Y yo paseo cada noche por sus calles, y las luces de las farolas son como estrellas.

miércoles, 1 de agosto de 2012

El Lavado de Cabeza

Conocí a un vendedor de tinta en la ciudad de Bukhara, Emir de los Creyentes, que fue invitado por un amigo a una fiesta en su casa, para celebrar el matrimonio de su única hija. Todos los invitados a la celebración debían acudir con sus mejores ropas, así que el vendedor se vistió con un caftán de seda roja, con bordados en hilo de oro y botones de marfil, la posesión más valiosa de su familia. Cuando iba a salir de la casa, sin embargo, su mujer le detuvo.

- Pero hombre, serás despistado. Se te ha olvidado lavarte la cabeza, tienes el pelo sucio y grasiento.

- Pues no me queda tiempo para desvestirme, llenar la bañera de agua, bañarme y volver a vestirme. Tendré que lavarme la cabeza en un momento, sin quitarme la ropa. Así ahorraré tiempo.

- ¿Pero cómo vas a hacer eso? No ves que te empaparás el caftán y lo echarás a perder.

El hombre no contestó, llenó una pila con agua y después se agarró la cabeza con ambas manos, y con un giro repentino la arrancó entera, la sumergió en la pila y la lavó a conciencia, frotando cada cabello con jabones perfumados. Y ni una sola gota cayó sobre sus ropas.